~/copiona /El cuaderno de Saúl. Primera entrega/página.
Entre el pueblo sobrevolaba, o más bien estaba subyacente, la vaga idea de que algunos sabían lo que estaba por pasar o lo que iba a pasar. Justamente por eso, abundaban charlatanes, metafísicos comerciantes, tarotistas improvisados y toda una serie de anticipadores de dudosa ética. Pero había un grupo relegado, incluso de ese submundo, al que muy poca gente prestaba atención. No eran periodistas, eran narradores, cuentistas. Se dedicaban a redactar imaginaciones de futuro, algunas de las cuales, con el diario del lunes, terminaron por darse en la realidad de los acontecimientos. Saúl era uno de esos, le erró bastante en sus anticipaciones, pero a una le pegó. Socio de la biblioteca Sarmiento de Bariloche, vivía con su mamá. No laburaba. Iba a hablar a un programa de radio una vez cada quince días. Comentaba reseñas de libros de ciencia ficción de autores viejos o desconocidos. Paradójicamente, era un nostálgico. Para muchos, era un loquito. Llevaba un registro escrito a mano de notas extraídas de sus lecturas, listas varias e ideas nuevas que le surgían. Decía al aire una frase naíf tipo “busco en el pasado para ver el futuro” o algo así. Su vínculo social eran los videojuegos. Se reproduce a continuación la primera página de su cuaderno, hallado por Cintia entre los escombros de la biblioteca después del incidente.
Ondas largas, casi imperceptibles, deforman el espacio-tiempo. Color no hay, lo que conocíamos como “negro” es el paisaje principal. Algunos puntos de luz titilan, pareciera, aleatoriamente. El silencio esconde cambios de temperatura mudos. En un instante fugaz, se produce un vaivén inconexo de las pocas referencias detectables. Lo plano se curva, formándose un cúmulo de partículas desconocidas. Esa masa rompe su inercia de agregación difusa y constante y tuerce un rumbo circular que deviene en lineal a medida que acelera. El cúmulo en movimiento se dirige directo hacia uno de los puntos de luz, como si viajase a reunirse con él. Sin embargo, la masa super acelerada gira en un posible eje y se acerca a una esfera ahora visible. Ya ingresando al mundo de esa esfera, la masa inicia su desintegración, chocan sus componentes entre sí perforando cualquier tipo de forma describible. Al desaparecer el cúmulo, el negro cede al azul y el escenario es otro. Un halo de nube tapa la superficie del planeta. Debajo, contrastan relieves aturdidos por vientos sin dirección. En un área contigua al mar, un brillo amarillo encandila. Más allá, sobresalen picos de roca lindantes con enormes pozos oscuros sin fondo. De repente, en esa pausa móvil, ondas cortas incrementan vibraciones simultáneas, se deforma el color, el viento no existe y retorna lo negro. La única referencia posible en esa nueva curvatura es aquel brillo amarillo incandescente, ahora reducido a un punto luminoso. El haz de luz se contrae y expande sin ritmo. De lejos parece que titila. De cerca, es ruido y cambios de temperatura, pliegues que se multiplican sin tamaño ni volumen. En esa maraña, se desprende una sintonía, se separa algo. Es un vapor. Opacado transmuta, solidifica, se hace líquido, se espesa, se reúnen partículas y activa la melodía de un recuerdo presente archivado en la memoria:
Al principio fue silencioso. Hay quienes lo describieron como un reseteo, un pestañar largo, una breve siesta. En la mayoría de los lugares del mundo se percibió como un bamboleo mínimo, una leve oleada en un mar planchado. Lo cierto es que luego del incidente, la navegación planetaria cambió de rumbo para siempre. Fue un giro en múltiples planos. Se modificó el centro mismo de la tierra. No fue necesario difundirlo. La vieja frase “la calma que precede a la tormenta” aún aplicaba. La anterior estabilidad era ficticia. Un optimismo así no podía durar. La fractura fue inevitable. Cuando la alerta sísmica se activó, la fractura se había consumado y el hundimiento fue irreversible. Toda el agua de los lagos y ríos se volcó hacia los viejos y enormes pozos de petróleo y gas, perdiéndose como líquido en una rejilla. Edificaciones derrumbadas y suelos caídos, como cuando cae una loza de un departamento. Paisajes torcidos, árboles saliendo en perpendicular al piso, zanjas de doscientos kilómetros dividiendo lugares. Ciudades enteras hundidas sobre sí mismas, desaparecidas. El mar atlántico sur avanzó sobre el continente americano cerca de la estepa central. Incluso algunas minas de uranio quedaron próximas a las nuevas mareas. Regiones emergieron sobre el anterior nivel del mar. El mapa dejó de representar al territorio. Justo cuando la civilización austral había llegado a su gloria.
Dibujos de Mel Pezdetierra (El Bolsón).